Hace 25 años, el 19 y 20 de septiembre de 1985, dos grandes terremotos (8.3 y 7.9 grados en la escala de Richter, según las
    mediciones originales del United States Geologic Survey, de Colorado; 8.1 y 7.6 según las mediciones oficiales del Servicio
    Sismológico Nacional, sacudieron a la Ciudad de México creando devastación muy superior a la que sufriera la metrópolis en
    1957, cuando cayó y se degolló la victoria alada de la Columna de la Independencia, popularmente conocida como "el Ángel".

    No solamente fue rebasado el gobierno de Miguel de la Madrid Hurtado en su capacidad de reacción ante el fenómeno ocurrido
    el  día jueves a las  07:19 horas, sino que inicialmente -bajo ese pseudonacionalismo mexicano que se vivía en el régimen
    anterior- fue rechazada la ayuda internacional que se ofreció espontáneamente. Hubo de llegar un segundo terremoto para que
    al fin México abriera las puertas al mundo.

    Aunque todo esto debió despertar la conciencia sísmica y la cultura de prevención entre la población civil y la autoridad, en
    realidad la negación y las pugnas políticas  terminaron por enterrar la adopción de mecanismos y prácticas que podrían
    salvaguardar eficientemente la integridad de todos los que vivimos en esta región sobrepoblada.

         Por su ubicación geográfica, México es afectado por este fenómeno natural en gran parte de su territorio, debido tanto a los
     fenómenos de subducción de la
Placa de Cocos bajo las de Norteamérica y el Caribe, así como a las fallas locales que   
     corren a lo largo de varios estados del país, lo cual vulnera a millones de personas en gran parte del país.

    México está enclavado en un área de alta sismicidad que se conoce como el Cinturón Circumpacífico y también dentro del
    Cinturón de Fuego del Pacífico (que se refiere a los numerosos volcanes localizados en la región), áreas que concentran el
    80 por ciento de la actividad sísmica del planeta. Pero también se encuentra afectado por varias fallas geológicas locales,
    aunque los más peligrosos siguen siendo los fenómenos de subducción en las placas tectónicas, las cuales liberan enormes
    cantidades de energía al destrabarse para dar pie a los violentos movimientos de tierra conocidos como sismos o seísmos.
    Por ello, debemos entender que el riesgo sísmico es constante para muchas entidades federativas de la República Mexicana,
    como Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Michoacán, Jalisco, Colima, Veracruz, Tlaxcala, Morelos, Puebla, Nuevo León, Sonora, Baja
    California, Baja California Sur y, por supuesto, el Distrito Federal.

    El territorio mexicano se localiza en un área muy particular, donde ocurren fenómenos de subducción como el de la Placa de
    Cocos que se desliza bajo la Placa de Norteamérica, generando grandes terremotos en Oaxaca, Guerrero, Michoacán, Jalisco
    y Colima; y el de la Placa de Cocos que corre debajo de la Placa del Caribe, originando macrosismos en Chiapas. Además,
    existe una intrincada red de fallas geológicas de corteza en los mismos estados e incluso en otros como Veracruz, Nuevo León,
    Sonora, el Distrito Federal y el Estado de México.

    Aunque las zonas epicentrales se localizan en diversos puntos del Pacífico, la Ciudad de México se ha convertido en el receptor
    sísmico de todos ellos, vulnerándola y haciéndola especialmente susceptible a los avatares de la Tierra. Los sismos han
    sacudido esta urbe a lo largo de los siglos, como lo confirman ciertos códices nahuas y las crónicas de los primeros misioneros
    católicos. Esto, aunado al hecho de que la capital mexicana se fincó en lo que fuera un lago, genera una gran preocupación
    entre los geólogos e, inclusive, entre algunos organismos de protección civil.

    Cuando las tribus nahuas llegaron al Valle de México, decidieron establecer lo que se convertiría en su centro hegemónico
    sobre un inmenso lago al que recubrieron con chinampas, una especie de isletas artificiales formadas principalmente por tierra,
    raíces, etc. Esto constituyó, finalmente, la base de una megalópolis gigantesca, incontenible, de hierro y concreto; el corazón de
    un país igualmente grande. Pero también dejó a la ciudad bajo el constante riesgo de los terremotos, ya que propicia el
    fenómeno de la licuefacción, que consiste en el debilitamiento de los cimientos de los edificios, al sostenerse sobre una
    superficie que adquiere las características de una gelatina debido a la composición fangosa del subsuelo. De acuerdo con las
    investigaciones recientes del sismólogo Cinna Lomnitz, quien fungió durante varios años como director del Servicio
    Sismológico Nacional, el suelo blando amplifica las ondas sísmicas, crea nuevos patrones de resonancia y logra que el
    movimiento telúrico sea, en ocasiones, tan violento como en el lugar del epicentro, lo que explica por qué tantos edificios se
    derrumbaron en el área central -la de subsuelo más fangoso- de la Ciudad de México, en 1985.

    En el momento que la Tierra comienza a estremecerse, los sismógrafos inmediatamente registan las ondas generadas y las
    representan en forma de sismogramas que permiten la medición de la magnitud bajo los parámetros de Richter. Cuenta la
    leyenda que durante el terremoto que sacudió a la Ciudad de México el 19 de septiembre de 1985, a las 07:19 horas, con una
    duración de 2 minutos y medio, los sismógrafos del Observatorio de la Ciudad de México se vieron rebasados por las ondas
    sísmicas que superaron los 8 grados de magnitud. En algunas regiones costeras del estado de Michoacán, el fenómeno fue tan
    intenso que las copas de las palmeras golpeaban el suelo.

    Al día siguiente, el viernes 20 de septiembre, poco después de las 8 de la noche, un nuevo terremoto se produjo con
    devastadores resultados. El evento había alcanzado, oficialmente, los 7.6 grados de magnitud y  durado poco más de un minuto,
    aumentando la cuantía de los destrozos producidos anteriormente. Los sismos son inevitables e impredecibles. Debemos
    desarrollar una cultura y conciencia sísmicas que nos permitan evitar el mayor daño posible. Lo importante es la observancia
    estricta a los nuevos reglamentos y normas de construcción, la evaluación de los edificios antiguos por parte de las autoridades,
    la realización de simulacros sísmicos en lugares públicos y edificios, así como la educación de la gente sobre las medidas
    preventivas y las acciones a tomar en el caso de la ocurrencia de uno de estos fenómenos naturales.

    Desafortunadamente, muy poco de todo esto se lleva a cabo en la Ciudad de México y los estados y ciudades que también son
    gravemente afectados por los sismos. Tenemos, por ejemplo, un Sistema de Alerta Sísmica, que debiera contar con mayores
    recursos por parte de los gobiernos federal y local (para su desarrollo y expansión, ya que no sólo la Brecha de Guerrero
    representa un peligro real para la capital mexicana, sino muchos otros puntos a lo largo de la costa del Pacífico), al cual se ha
    relegado a lo largo del tiempo, despreciando así los 50 segundos ó más que podrían aprovecharse de manera efectiva ante la
    ocurrencia de un fenómeno telúrico. Por otra parte, la indiferencia de la ciudadanía hasta que la tragedia golpea, se constata en
    la poca seriedad con que se ejecutan los ejercicios de simulacro, la búsqueda de refugio en el pensamiento mágico y la falta de
    interés por informarse.

    Ya que el lecho de la Ciudad de México es fangoso, las ondas se amplifican y el movimiento se prolonga. Esto es más evidente
    en las zonas cercanas al centro, sur y oriente de la capital mexicana, siendo menos obvio en el sudoeste y poniente de la
    capital, donde las construcciones han sido asentadas sobre formaciones rocosas que amortiguan el impacto de las ondas.
    Debido a que los movimientos telúricos son uno de los fenómenos naturales más peligrosos y más comunes en el país, diversos
    organismos han colaborado en diversas épocas para construir una vasta y compleja red de sismógrafos y acelerógrafos.

    El 19 de septiembre de 2002, el entonces presidente Vicente Fox, anunció la creación de la Red Sísmica Mexicana, trabajo
    conjunto de los tres organismos más importantes del país, dedicados al estudio y registro de los movimientos telúricos: El
    Servicio Sismológico Nacional, la Fundación Javier Barros Sierra y el Centro Nacional para la Prevención de
    Desastres, los cuales compartirían e intercambiarían datos, mediciones e informaciones generales. También se anunció la
    creación de un nuevo proyecto, denominado Pre-Sismo, que consistiría en una metodología específica para minimizar las
    pérdidas humanas y daños materiales en caso de terremoto -aplicable- a todo el país que, por supuesto, se quedó en el papel.

    Nuestro planeta es dinámico, está vivo, y debemos aprender a convivir con los avatares de la naturaleza, con la
    conciencia de que con un poco de prevención, se puede mitigar las pérdidas.

    Este sitio contiene, en sus diversas secciones, algunas ligas a otras páginas de institutos, academias, universidades y
    organizaciones dedicadas al estudio de los movimientos de la corteza terrestre, una litósfera que es como la vida misma:
    Dinámica, en constante movimiento, cambio y evolución.
Qué hacer en caso de sismo
La experiencia de un temblor de tierra tiene 3 momentos: antes, durante y después de un sismo. Aquí se detallan las acciones básicas a
seguir en caso de movimientos telúricos. En vez del pánico, la cultura de prevención.

La escala de Richter
Richter es el nombre de la escala matemática para la medición de la magnitud sísmica, que se utiliza en el continente americano y en
algunos países europeos y Japón. Pero detrás de toda gran escala, hay un científico esmerado y tenaz. Conoce a Charles Richter, el
hombre que movió al mundo.

La escala de Mercalli
Doce grados la conforman. Pero no se refiere a la magnitud, sino a la intensidad del daño ocasionado. Durante muchos años, ésta fue la
escala utilizada por la mayor parte del mundo para medir los sismos.

Los mayores terremotos del siglo XX
Una lista con los sismos de mayor magnitud, registrados en el siglo XX, donde Concepción, en Chile, y Anchorage, en Alaska, alcanzaron
dimensiones colosales y catastróficas.

Terremotos asesinos de los siglos XX y XXI
Las fatalidades no pueden evitarse en su totalidad. Sin embargo, ciertos factores se combinan para potenciar el número de decesos tras
la ocurrencia de un terremoto. La falta de calidad en los materiales de construcción, la ausencia de reglamentos de construcción o su
incumplimiento, así como la falta de una cultura de prevención que involucre tanto a autoridades como a civiles, son mayormente
responsables de estas trágicas consecuencias.

Sismología y sismicidad
La ciencia que estudia a la Tierra y sus movimientos internos, así como las definiciones básicas

Historia de los sismos en México
Desde la prehispania hasta nuestros días, este recorrido histórico te transportará a los momentos más álgidos de la actividad sísmica en
México.

Los mayores sismos en México
Un cuadro que ennumera los movimientos telúricos que sacudieron el territorio mexicano durante los siglos XX y XXI, causando graves
daños.

Los 10 mayores terremotos del mundo
Un cuadro que ennumera los movimientos telúricos que sacudieron al planeta durante los últimos 50 años.

Alarmas Sísmicas
Un vistazo por los diferentes dispositivos electrónicos de alarma sísmica, así como un vistazo al ya legendario Sistema de Alerta Sísmica,
único en el mundo entero por sus características y servicio a la comunidad.

Registro de movimientos telúricos percibidos en la Ciudad de México
Un cuadro que explora los resultados de los diferentes detectores sísmicos con alarma disponibles en el mercado, en relación con los
sismos recientes percibidos por la población de la Ciudad de México. Los contendientes: Quake Alarm, Sistema de Alerta Sísmica,
QuakeAwake, QuakeAlert, Earthquake Warning Clock, Mr. Quake, SOS-Life, Earthquake Alert y Earthquake Sensor. Si el sismo fue muy
pequeño, seguramente no lo encontrarás en este cuadro.

Chile
Uno de los países con mayor actividad sísmica en el planeta, es suma de logros y riesgos. Golpeado por 2 de los mayores terremotos de
los últimos 50 años, Chile es un ejemplo único en el mundo.